El hambre del león

Cuando el león tiene hambre caza; después, con la tripa llena, descansa. No sabemos si tiene remordimientos o no pero en todo caso no parece que se arrepienta de haber matado a su presa; simplemente tenía hambre e hizo lo que tenía que hacer.

Todos nosotros tenemos un león o una leona en nuestro interior, un espíritu salvaje que anhela salir al exterior pero a menudo lo encerramos en una jaula de cristal, donde le está permitido mirar pero no actuar.

Hay una fuerza increíble dentro nuestro que necesita expresarse, pero se reprime para no ser diferente, para no llamar la atención, para que nadie la señale con el dedo y así pueda pasar desapercibida entre los demás. Silenciamos esa fuerza para no destacar, para no ofender, para no confrontar, para no hacer sentir incómodo a nadie, pero al final somos nosotros mismos los que poco a poco nos ahogamos en nuestro propio silencio y lentamente nos acercamos a la muerte.

Morir es dejar de vivir, es negar mis sueños, mis necesidades, mi fuerza, el impulso que me mueve y me hace sentir vivo. Sin este impulso, sin esta fuerza deambulamos como zombis por la vida, pasando el tiempo, esperando que algún momento especial venga a rescatarnos de nuestro sopor.

La vida se convierte en un sinsentido absorto en sus propios pensamientos de desilusión, de desdicha y nos enfurecemos con el mundo porque creemos que es él quien nos impide sentirnos plenos y realizados. Pero no, no es el mundo, soy yo, siempre yo; no hay nadie más a quien señalar. Yo y sólo yo soy responsable de lo que me sucede. Yo y sólo yo soy dueño de mi futuro.

El pasado no lo he elegido, y tampoco puedo cambiarlo, pero sí puedo tomarlo y entregarme a su impulso para dirigirlo a un futuro de fuerza y realización, donde lo que ya no me sirve puede ser transformado en lo que quiero e ir a por ello como un león, hasta saciarme, hasta quedarme satisfecho. Sólo entonces, con la tripa llena, podré descansar y entregarme a la vida, sin desafíos, sin retos, sin obstáculos, permitiéndome ser y hacer lo que siento.

Sólo entonces podré dejar salir al niño que vive dentro de mí. No al niño herido que carga con el pesar de sus ancestros, sino al niño libre que primero ha sido hombre o mujer, y de nuevo podré jugar con la vida, tomármela con más ligereza y disfrutar a cada instante como todos merecemos. 

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