Entre la culpa y la inocencia

Después de años dedicados al apoyo en el crecimiento de otros me he dado cuenta de cuánto dolor hay detrás de todas esas caras sonrientes que parecen disfrutar de una vida plena. A menudo nos resulta muy fácil juzgar a otras personas sin conocer su historia, pero la vida me ha enseñado a ser un poco más prudente en mis interpretaciones.

Yo siempre había pensado que era una persona que había soportado un gran sufrimiento y consideraba que ello me capacitaba para acompañar a otros en su propio camino de crecimiento. Sin embargo a menudo, al realizar mi trabajo de ayuda a otros, me he encontrado con personas cuyas historias de superación son mucho más impactantes que las mías.

Al ayudarlas me preguntaba cómo podía ser que comprendiera tanto su dolor y pudiera ayudarlas a salir de él, si mi propio dolor era insignificante al lado del suyo. Después de mucho tiempo, me di cuenta de que lo que me había llevado a experimentar tal grado de sufrimiento en mi vida no estaba tan relacionado con los hechos en sí como con el sentimiento que los acompañaba.

Descubrí que toda mi vida me había sentido culpable, no sé bien de qué, pero en cualquier caso siempre me había sentido que no merecía el cariño o la consideración de otros. Esta percepción de mí mismo se hizo tan fuerte que incluso dejé de soñar porque pensaba que no merecía realizar mis sueños. Con esta impresión, la vida se fue poco a poco apagando hasta que era incapaz de ver un futuro; si alguien me pedía que visualizara mi futuro no veía nada.

Mi identificación con ese sufridor era tan fuerte que no podía concebir la vida sin ese sufrimiento; no veía futuro porque el futuro sólo podía ser posible si ese yo se transformaba en un ser agradecido y alegre, pero el yo que conocía no podía imaginarse a ese yo y por eso le era más fácil imaginar su propia muerte que un futuro esplendoroso.

La culpa es un sentimiento muy profundo del que resulta muy difícil desprenderse; es un virus que muta constantemente para evitar que encuentres el antídoto contra él. Cualquier excusa le sirve para aparecer y agarrarse a ti como una lapa: una despedida incómoda, un comentario desafortunado, un silencio prolongado, una pregunta invasiva; cualquier excusa le sirve para regresar y mantenerte en ese estado de conflicto interno, donde la paz es inalcanzable y la alegría una quimera.

El objetivo de la culpa es llevarte al arrepentimiento que parece prometer la inocencia pero este truco no es más que otro engaño de su astucia, siempre ávida de recursos para evitar tu felicidad, que te lleva a separarte de la vida como único recurso para mantener tu inocencia a costa de la culpabilidad de otros. Nada, ningún suceso por grave que sea, se merece ni un segundo de tu culpa y de tu infelicidad. Si eres de los que como yo, conoces este sentimiento y tienes facilidad para engancharte a él, ha llegado el momento de liberarte; es la hora de empezar a disfrutar de esta vida. No lo dejes para mañana porque sólo existe el ahora, y en el ahora la culpa es sólo la identificación con un pensamiento que está permanentemente buscando la manera de decirte que no lo has hecho bien. Incluso cuando hayas sido coherente con lo que sientes, encontrará un modo de hacerte ver que lo podrías haber hecho mejor.

La culpa juega con el ideal de la perfección y este ideal es la causa de la muerte y el fracaso porque vive anhelando un mañana donde por fin dejaré de cometer errores y podré gozar del reconocimiento y amor de otras personas, y justamente es ese anhelo de perfección el que nos aleja de la vida, de la gente y de los sueños.

Mereces vivir y ser feliz, mereces ser amable contigo y cuando aprendas a hacerlo, lo serás también con los demás, porque una persona feliz no va por la vida molestando a otras ni haciéndose responsable de lo que otros puedan pensar. Suficiente tenemos con nuestros pensamientos como para hacernos cargo de los pensamientos de otros, así que deja de hacerlo y simplemente vive; se feliz ahora.

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