El arte de la ayuda

Si la vida tiene un propósito podría ser el de guiarnos hacia la plenitud, para lo cual es necesario asentir a todos los sucesos y así darle un lugar a cada experiencia en nuestro corazón.

Todas las personas sentimos el impulso de ser útiles a los demás, quizá como consecuencia de la felicidad que nos daba en nuestra infancia sentirnos cuidados. A los niños les encanta sentirse cuidados y a la vez les gusta jugar a cuidar de otros, a veces con muñecos, a veces con otros niños, y otras veces incluso con sus propios padres o otras personas adultas de su entorno.

La ambición del niño es hacerse grande como sus padres para ser capaz de hacer lo que ellos hacen y así sentirse fuerte, capaz y responsable. Crecemos con el anhelo por crecer para ser autosuficientes y también para ayudar a otros como antes nos han ayudado a nosotros.

Los padres ayudan a sus hijos a realizar ese proceso hacia la autonomía personal y este trabajo requiere de ciertos ejercicios como el de ponerles límites, pero no sólo les ponen límites a sus hijas o hijos, también los padres se limitan a sí mismos para contener su ayuda y dejar espacio a su hija o hijo con el fin de que gane en confianza.

De este modo las hijas e hijos, al ver que sus padres confían en su propia capacidad, se van sintiendo cada vez más fuertes, capaces y responsables. Esta ayuda es un arte que no siempre somos capaces de dominar, y en ese caso sus repercusiones afectan a varios ámbitos de nuestra vida.

Las personas que nos dedicamos a sumar en el bienestar personal de otros sentimos un gran deseo de poder servir, y como consecuencia podemos caer en el fácil error de ponernos en el lugar de padres sobreprotectores en relación a ellos. Cuando la necesidad de ayudar del ayudador es superior a la necesidad de recibir ayuda de la otra persona, la ayuda es imposible porque en vez de darle fuerza se la estamos restando al ponernos por encima suya y esa actitud o bien la mantiene en la debilidad o la enfurece al sentirse invadida y menospreciada.

El arte de ayudar, especialmente entre adultos, consiste en dejar que sea la persona necesitada quien dé el paso para pedir la ayuda. El trabajo del ayudador es ir un paso por detrás de la vida, en vez de uno por delante; dar espacio a la persona para que cometa sus propios errores y ayudarla de la forma menos intervencionista posible a que tome conciencia de por qué siempre acaba haciendo el mismo acto del cual luego se arrepiente.

La ayuda tiene como objetivo final dejar de ser necesaria porque ése es justamente su éxito, la culminación de su trabajo, cuando la otra persona ya no la necesita más porque es capaz de hacerlo por sí misma. El trabajo del ayudador es contener su impulso de ser útil, reconociendo sus propias carencia internas, asintiendo a ellas y dándoles un espacio en su corazón. Entonces ya no necesita ayudar para calmar su conciencia; es libre y la ayuda fluye a través de él o ella gracias a la fuerza que da contener el amor en el propio corazón.

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