Barcelona en paz

Si quieres paz, no siembres odio. Es fácil de decir, pero cuán difícil resulta llevarlo a la práctica. Ninguno ni ninguna de nosotras somos inocentes en ningún acto de terror o violencia mientras alberguemos sentimientos de odio y resentimiento.

Recuerdo un día en el que estaba con mi perro en el parque de al lado de casa en la calle Sant Pau del Raval de Barcelona. Vivíamos en el barrio y cada día convivíamos con chavales marroquíes, algunos de los cuales dormían en el  mismo parque. Podías ver en sus caras la frustración y la rabia de sentirse privados de todos los placeres y comodidades que nuestra sociedad ofrece.

Aquella noche yo estaba fumando y un chico marroquí se acercó y con tono imperativo me dijo ‘eh, dame una calada’. Yo le miré a los ojos y le dije ‘ si quieres una calada, siéntate y espera; te daré la última calada’. ‘¿Crees que estoy enfermo?, me preguntó’ , ‘no lo sé; no te conozco, por eso prefiero darte del final. ¿te parece bien? le pregunté. Él asintió  y se sentó a mi lado. De repente, de forma totalmente inesperada me dijo ‘estoy cansado’. ‘¿De qué le pregunté?. ‘De vivir así, durmiendo en el parque, de robar a los turistas, de  sentirme rechazado.

‘Extraño a mi familia. Quiero ir a ver a mi madre y a mis hermanos; estar en casa con ellos y comer la comida de mi mama’. ‘¿Por qué no vuelves? Quizá seas más feliz allí, por lo menos podrás descansar tranquilo y comer sin necesidad de robar ni hacer daño a nadie’. ‘Sí, ya no puedo más; si sigo aquí no sé lo que puedo hacer’. Le puso mi mano en su hombro, nos miramos a los ojos y nos abrazamos.

Tres días después me lo crucé. ‘Hermano’ gritó para llamarme, ‘regreso a casa; vuelvo a Marruecos en tres días. ‘¿Ya tienes el billete?’ le pregunté. ‘Sí, un amigo me ha dejado el dinero’. ‘¿Estás contento?. ‘Mucho’ respondió, y al decirlo sus ojos se iluminaron y apareció su inocencia, su alegría y me emocioné. Él lo notó y me miró con todo su amor. ‘Me alegro mucho hermano’ le dije. Nos abrazamos y seguimos cada uno nuestro camino. Cuando estaba a unos metros de distancia escuché. ‘Muchas gracias hermano; nunca te olvidaré’. Yo me giré y le saludé con mi mano, pero en mi interior resonaron estas palabras ‘muchas gracias a ti hermano por enseñarme que podemos transformar el mundo a través de la compasión; yo tampoco te olvidaré nunca’.

El atentado de Barcelona es la consecuencia de una espiral de odio donde todos somos víctimas y también verdugos. Sí, yo siento rabia y tú la sientes también y la única manera de crear un mundo más sano y pacífico es que nos hagamos responsable de nuestra propia rabia y seamos consciente de que cada vez que lanzamos nuestra rabia hacia alguien estamos fomentando una espiral de odio que algún día regresará a nuestra vida.

La rabia es una energía muy creativa o muy destructiva; nos da información de lo que ya no queremos y de por qué somos incapaces de expresarlo con serenidad, sin ira. Aprender a usar esta rabia es una de las más difíciles tareas que tenemos como seres humanos, y la mejor manera de hacerlo es ser consciente de cuando la estamos proyectando al mundo y tratar de transformarla ofreciendo a nuestro tono de voz, a nuestras palabras y a nuestros gestos cada vez más delicadeza, respeto y comprensión, porque todo el mundo sufre y todo el mundo, igual que tú, quiere sentir respeto y comprensión.

Un mundo mejor empieza hoy en ti y en mí. Esto es lo que esta ciudad me ha enseñado: Paz y amor para todos los seres del planeta, ahora y siempre.

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