EL VALOR DE TU TRABAJO

En una negociación a menudo tendemos a imponer nuestro criterio negándonos la posibilidad de escuchar el de la otra parte, que tanto puede servirnos para tratar de alcanzar un punto de acuerdo satisfactorio o en cualquier caso para conocer información que nos será útil en futuras negociaciones.

Esta manera de actuar carece de amor porque está impulsada por el miedo: el miedo a que si digo lo que quiero no me lo concedan. Este miedo es muy primario y se remonta a la tierna infancia cuando nos ofrecían dulces o helados a cambio de besos y abrazos. Así poco a poco nos vamos adaptando a las necesidades de los demás como un modo de supervivencia para recibir cariño y atenciones.

Nos acostumbramos a ocultar nuestros deseos y tratamos de encajar en los deseos de los demás. Cargamos con esta actitud durante mucho tiempo, y somos muchos y muchas quienes hemos tenido dificultad para valorar nuestro trabajo porque pensamos que si lo hacemos no nos amarán, y preferimos la aceptación de los demás al respeto por nosotros mismos.
Más delante, hartos de renunciar a nuestros verdaderos sentimientos, nos pasamos al extremo opuesto; responsabilizamos a los demás de esa falta de aprecio por nosotros mismos en vez de asumir que somos los únicos responsables de ese sentimiento. Nos ocultamos en la soberbia y la arrogancia enfatizando nuestro valor, porque en verdad aún dudamos de él.

Actuamos desde la desconfianza, movidos por experiencias pasadas dolorosas, traumas, a veces muy sutiles, arraigados en nuestra conciencia, que nos impulsan a protegernos y movernos desde el mido y la desconfianza. Nos presentamos a la negociación con sospechas  y damos por hecho antes del inicio que van a tratar de engañarnos o aprovecharse de nosotros.

Se trata de una actitud victimista en la que predomina la idea inconsciente de que la otra parte o persona tiene más poder que yo y por eso temo que lo aproveche para menospreciar mi valor. Así, me protejo defendiéndome de su criterio e incluso atacándolo en vez de expresar mi voluntad y mis necesidades. Me privo del gusto de sentirme con el poder de mi propia vida, con el poder de decidir lo que me conviene acorde a lo que siento que puedo ofrecer, y de expresarlo con total calma y respeto, y también privo a mi interlocutor de mi verdadera esencia y valor.

SERVIR ANTES QUE RECIBIR

Entonces se produce la ofensa, la tensión y el choque, y cuando hay un choque se genera un malestar que hace que la idea que tienes de ti mismo y la persona que proyectas al mundo no se correspondan. Esta falta de sintonía entre estas dos personas que habitan en nosotros nos genera dudas acerca de nuestra propia dignidad como seres humanos, y cuando dudamos de nuestra dignidad es imposible que podamos generar abundancia en nuestra vida.

La abundancia surge de un sentimiento de dignidad interior, de reconocimiento de la propia sensibilidad y el propio amor; surge de anteponer la voluntad de servir a la de recibir. Cuando te centras en la calidad de lo que quieres ofrecer y en el impacto positivo que te gustaría que tuviera en las vidas de los demás, te olvidas de lo que quieres recibir y del miedo a no ser valorado. Sólo cuando tú comprendes el valor de lo que ofreces, puedes sentarte a una mesa de negociación valorando tu trabajo. En ese momento ni juzgas ni interpretas las intenciones de los demás, simplemente expresas lo que necesitas para poder realizar ese servicio con la alegría y dedicación que merecen.

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